DE LA CONFUSIÓN A LA UNIDAD

El que sabe seguir el tao no usa el oído, ni la vista, ni su fuerza ni su mente. (…)
No se encuentra tan lejos que requiera un gran esfuerzo para ser alcanzado,
ni tan cerca que se pueda conseguir sin proponérselo.
Sólo en el silencio se le puede alcanzar.
Lie Zi
Esta búsqueda mía se va resumiendo en un caminar hacia el silencio. La confusión de hace algunos años, ese intentar abarcar tanto con mis pequeñas manos, se va poco a poco despejando y, luego de múltiples desvíos, engañosos atajos, trechos que no llevaron a ninguna parte, me encuentro ahora sola en esta ruta hacia el silencio (pues ella demanda soledad).
En este camino personal he encontrado también diferentes estados mentales que debí recorrer. La primera fue la mente dispersa, que yo llamo el oleaje, ese estado donde reina el pensamiento intranquilo, que brinca de un objeto a otro incapaz de satisfacerse. Como un niño en una tienda de juguetes que tomando uno de ellos lo sostiene un instante antes de desecharlo para tomar el siguiente, olvidando por completo el que hace unos segundos estaba entre sus manos. Una mente insaciable, insatisfecha, que siempre quiere más.
Esta búsqueda mía se va resumiendo en un caminar hacia el silencio.
Es esta también una mente atormentada y atormentante que nos deja exhaustos, confundidos. Una mente que se exalta y exacerba con el estímulo externo, por lo cual restringírselo la calmaría, pero ella no lo aceptará sin pataletas, es esta su droga y de ella exigirá.
Bajo este oleaje inútil y carente de sentido, este vaivén enloquecido e improductivo, hallé la mente atenta, una aproximación mental que ha permitido el desarrollo de las ciencias, la expresión artística, el pensamiento filosófico. Una mente que logra enfocarse en un objeto y quedarse en él, sin divagar, anclada. Objeto que puede ser un problema de índole filosófico o científico, pero que también puede pertenecer al misterio y este fue el camino que decidí recorrer en rumbo hacia el silencio.
Anclados en el misterio, la palabra se convierte en protagonista.
He de resaltar aquí que, para continuar por esta ruta, nuestro anclaje ha de ser natural, no obsesivo. Como si descansáramos sobre el misterio imponiendo sólo nuestro propio peso, sin añadir presión, forcejeo ni premura. De lo contrario la natural atención se perdería y volveríamos a la confusión, dejando a un lado la claridad característica de este estado de la mente.
Anclados en el misterio, la palabra se convierte en protagonista. Primero hablamos nosotros, pues el habla impulsa la entrega, imprescindible esta para la siguiente etapa, cuando nosotros callamos y es la divinidad quien habla. La actitud de entrega nos permite recibir la palabra deseada, esa que transmite paz, esperanza, gozo. Palabra que penetra y es escuchada sin ser oída. Palabra que transforma.
Más allá del diálogo está el silencio, mi destino final.
Este estado se cultiva en la meditación y la contemplación, pero al cultivarlo allí permanecemos abiertos a él fuera de ellas, por ello la importancia de dedicar tiempo a cultivarlo, pues nos permite sostener el amoroso diálogo a lo largo del día. Sin tener que sentarnos a buscarlo nos encontramos permanentemente en el habla y en la escucha, exhalando entrega, inhalando gozo. Permanecemos bajo las aguas donde la confusión del oleaje no puede arrebatarnos, la apertura al diálogo que hemos creado a través de la meditación y la contemplación no se cierra si no exponemos nuestra mente a excesivos e innecesarios estímulos.
Pero aún queda un paso más. Más allá del diálogo está el silencio, mi destino final. Lugar donde todas las palabras han cesado, las mías y las suyas, pues se han hecho innecesarias: para dialogar se requieren dos y en el silencio sólo hay uno.
* Buscando una imagen con la cual acompañar mi artículo, he tropezado con esta de Domenico Fetti. En el portal de la Galería de la Academia de Venecia, del cual la he tomado, encuentro el siguiente texto que la explica. Leyéndolo, no puedo evitar que una sonrisa se asome a mi rostro al descubrir que hace más de 400 años Fetti ya tenía muy claro este camino que yo aún estoy transitando.
En la penumbra de un entorno al aire libre, una mujer se arrodilla, sumida en sus pensamientos, con la mirada fija en una calavera que sostiene en su mano derecha mientras apoya la frente en la izquierda, la típica postura de meditación. La belleza y la juventud de la figura sugieren el tema clásico de vanitas vanitatum, un recordatorio de la naturaleza transitoria de la vida y sus fugaces placeres terrenales. Sin embargo, la composición se complejiza por la presencia de otros objetos significativos, como el gran libro abierto en el suelo, los pinceles del pintor atados con una cinta blanca, una escultura antigua, un perro y una esfera armilar. (…) en la versión de Fetti la interpretación predominante (de estos símbolos) es cristológica y moralista, es decir, el abandono de las distracciones mundanas y la concentración en la oración. Una confirmación adicional de este mensaje se encuentra en la vid que trepa por el muro en ruinas, la cual simboliza la «vid verdadera», una alusión a Jesús (Juan 15:1). El camino hacia la salvación, por lo tanto, radicaba en una vida de meditación, contemplación y moderación que elevaría el espíritu, como teorizó san Pablo en su Carta a los Corintios (7, 10).



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