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ESCALINATA MÍSTICA

  • buscandoadiosps
  • 19 abr
  • 4 Min. de lectura
Ascendiendo y descendiendo (fragmento). M. C. Escher.
Ascendiendo y descendiendo (fragmento). M. C. Escher.

La primera entrada del tan iluminado como misterioso libro de María Zambrano Claros del bosque, cuyo título le da nombre al libro, es un breve texto de escasas siete páginas que, tras una primera lectura, hace ya algunos años, se ha quedado suspendido en mi alma y a cada vuelta de esquina me espera para abalanzarse de nuevo sobre mí.

Hoy he regresado a él sabedora de que siempre habrá algo nuevo, quizás algo que antes no capté, que pasé por alto en un descuido o que dejé oculto tras el velo. La nueva lectura no decepciona y de las páginas surge, como recién nacida, una nueva enseñanza.

Zambrano me habla otra vez de los claros del bosque, diciendo:

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido.

...de las páginas surge, como recién nacida, una nueva enseñanza.

Mi primera lectura, como lo relato en mi reseña del libro, ya me había revelado a los tupidos árboles del bosque de Zambrano como pensamientos que ocupan nuestra mente y a ese sagrado claro, ausente de pensamientos que ofuscan, como lugar donde la experiencia mística es posible. Pero esta nueva lectura arroja una nueva luz, los claros del bosque son también último escalón de una corta pero infinita escalinata, al cual accedemos apoyándonos en dos escalones previos. Una escalinata de tres peldaños que son todos estadios de aprendizaje.

Y se recorren también los claros del bosque con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas. Como los claros, las aulas son lugares vacíos dispuestos a irse llenando sucesivamente, lugares de la voz donde se va a aprender de oído, lo que resulta ser más inmediato que el aprender por letra escrita, a la que inevitablemente hay que restituir acento y voz para que así sintamos que nos está dirigida. Con la palabra escrita tenemos que ir a encontrarnos a la mitad del camino. Y siempre conservará la objetividad y la fijeza inanimada de lo que fue dicho, de lo que ya es por sí y en sí. Mientras que de oído se recibe la palabra o el gemido, el susurrar que nos está destinado. La voz del destino se oye mucho más de lo que la figura del destino se ve.

Un primer escalón lo conforma la Palabra escrita, importante estadio de aprendizaje que, sin embargo, se nos acaba quedando corto por estático. Pues la Palabra escrita es, al fin y al cabo, lo que se dijo en otra aula, distinta a la nuestra, un aula ajena que un gemido llenó a cabalidad, pero que por no ser la propia nos será siempre extraño. La Palabra escrita es Palabra sagrada comunicada por el otro, que añadirá, para poder comunicarla, sus huellas digitales. Por ello, siempre acaba diciéndonos lo que se nos dijo que diría, ganando así su cualidad de objeto inanimado, al cual debemos dar vida restituyendo acento y voz, como nos dice Zambrano, para aproximarla a lo que fue expresado en esa aula ajena.

El aula es el espacio donde habita el silencio requerido para que aquel gemido, el susurrar que nos está destinado, pueda ser escuchado y, por ser nuestro, entendido a cabalidad, sin que la duda pueda mancharlo.

Pero un aula propia nos espera, segundo escalón de esta mínima e inacabable escalinata. Un aula donde nosotros también podemos aprender de oídas, donde no hay intermediarios cuya huella habremos de sortear para llegar hasta nuestra verdad. El aula es el espacio donde habita el silencio requerido para que aquel gemido, el susurrar que nos está destinado, pueda ser escuchado y, por ser nuestro, entendido a cabalidad, sin que la duda pueda mancharlo. Sin embargo, una vez abandonada el aula, lo que fue absoluta claridad se nos convierte siempre en no sé qué que quedan balbuciendo, como magistralmente nos dice San Juan de la Cruz. Es esta la razón por la que habremos siempre de volver.

Entre estos estadios ocurre también una suerte de fecundación cruzada. La Palabra escrita aparece en nuestra aula y el gemido de esta le imprime la movilidad, la maleabilidad, de la que carecía. El aula se enriquece con esa presencia y la enseñanza ese día de escuela gana una dimensión que desconocíamos.

Pero hay un último escalón en el que aún debemos detenernos: los claros del bosque, que se recorren con una cierta analogía a como se han recorrido las aulas, pues también vamos de claro en claro, como hemos ido de aula en aula. Pero a las aulas entramos por nuestro propio pie; si, la iniciativa ha de ser nuestra. Sin embargo, es la gracia (¡sólo la gracia!) quien nos da acceso al claro, lugar donde la palabra no es ya protagonista, pues queda suspendida y es el misterio quien se abre a nuestros ojos imberbes.

Sólo una característica común he descubierto en todos los estadios. En ellos, el aprendizaje ocurre siempre al margen de nuestra consciencia.

Y queda también en suspenso la palabra, el discurso que cesa cuando más se esperaba, cuando se estaba al borde de su total comprensión. Y no es posible ir hacia atrás. (…) Y de lo que llega falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde. Y lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque.

Sólo una característica común he descubierto en todos los estadios. En ellos, el aprendizaje ocurre siempre al margen de nuestra consciencia.


 
 
 

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