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Autorretrato con radiador

Conversando con mi madre, de quien aprendí el amor por las plantas y cuyo jardín es el más hermoso que conozco, enlistábamos, sin más razón que la pasión que nos hermana, aquellos libros que hacían referencias a plantas o jardines, sin ser este su tema principal. Muchos y muy hermosos libros fueron nombrados: El jardinero, Loa a la tierra, Desde el jardín, La presencia pura… Yo entonces no había leído Autorretrato con radiador, así que hoy lo añado a la lista (que aún conservo en mi corazón), pues bien podría haberse titulado Autorretrato con flores.

Leyendo a Bobin, encuentro en sus palabras el mismo anhelo que guardo yo en mi pecho, ese deseo de rodearme de soledad y silencio para que, gracias a la atención que ellos obsequian, el inevitable precipitarse del primer pétalo de una flor, que hace días se marchita en un jarrón, luego de regalarme tanta felicidad, no pase desapercibido, como si no me importase su lenta muerte, como si su efímera existencia me supiese a poco.

Fantaseamos el poeta y yo con una vida monástica, totalmente contemplativa, una existencia donde, pensamos, ni un solo pétalo caería sin ser notado.

Y ese anhelo se nos convierte a ambos también en fantasía. Fantaseamos el poeta y yo con una vida monástica, totalmente contemplativa, una existencia donde, pensamos, ni un solo pétalo caería sin ser notado. Eso nos llena de alegría. Pero luego, ambos también despertamos tras el bofetón que la realidad lanza a nuestro rostro. Esa realidad que habla de nuestras vanidades, de nuestros egoísmos y perezas, de todo eso a lo que nuestros egos no están dispuestos a renunciar, aún si la paga fuera ser testigos de la muerte de todas las flores.

Pero además de un espejo donde puedo observar mis anhelos y flaquezas, Autorretrato con radiador es también infalible medicina para el alma y cada uno de sus textos contiene la dosis para un día completo, así que tenemos aquí la cura para un año entero. Es inevitable, tras leer la pureza con que Bobin nos habla, que nuestra alma permanezca hundida; una suerte de elevador milagroso la sacará del abismo en que se encuentra para llevarla a alturas donde nunca pensamos podríamos llegar.

además de un espejo donde puedo observar mis anhelos y flaquezas, Autorretrato con radiador es también infalible medicina para el alma

Y si tras su lectura hicieras una caminata por la naturaleza, como una vez yo hice, entonces no habrá nunca elevador que te lleve tan alto. Notarás que una flor silvestre, que en otra ocasión habrías ignorado o incluso aplastado a tu paso, te entrega su belleza gratuitamente; que un ave te saluda al levantar su vuelo y no podrás evitar despedirte de ella agradecido; que un árbol con una rama rota, caída sobre su tronco, te observa en medio del bosque, y te acercarás a él para mostrarle también tu herida.

Sólo una advertencia debo hacer, Autorretrato con radiador es uno de esos libros que no recomendaría leer en público, pues suscita sentimientos tan diversos y fuertes que acabaríamos asustando al extraño que, sentado junto a nosotros en alguna cafetería o en el autobús, decidirá levantarse lentamente, con un cierto disimulo, para alejarse de la desquiciada que igual se carcajea o rompe en llanto leyendo un pequeño libro. Pues no este un libro cuyas hojas pasarás sin que pasen por ti. No, cada palabra calará muy hondo.

Te dejo aquí la dosis de hoy, con una flor del jardín de mi madre.

Todo lo que hago es muy pequeño. Es del orden de lo minúsculo, de lo infinitesimal. Ante la pregunta: usted a qué se dedica, esto es lo que me gustaría contestar, esto es lo que no me atrevo a contestar: me dedico a lo muy pequeño, doy testimonio de una brizna de hierba. Tal y como va el mundo, mal, lo conozco y lo sufro como vosotros, un poco menos que vosotros, tal vez: bajo una brizna de hierba se está protegido de muchas cosas. Esas cosas, no las ignoro. Pero no es de ellas de las que quiero hablar. No es mi sitio, no es el sitio en el que el azar me ha puesto. El desastre. ¿Cómo no verlo? El desastre sucedió ya cuando empecé a escribir. Tomo nota de lo que ha resistido y forzosamente es lo más pequeño, y es incomparablemente grande, puesto que ha resistido, puesto que el resplandor del día, una palabra de niño o una brizna de hierba han triunfado sobre lo peor. Hablo en nombre de esas cosas muy pequeñas. Trato de entenderlas.

Autorretrato con radiador

Christian Bobin

Árdora Ediciones

Madrid, 2019

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