LOS APAGONES

Los apagones, que son para mis hijos, habitantes del primer mundo, sucesos casi inauditos, fueron episodios regulares en mi niñez y adolescencia, cuando vivía en caserones llenos de gente que al caer la noche se repartía por todas las habitaciones, cada uno en su pequeño mundo: los hermanos mayores en la cocina, recogiendo los restos de una cena siempre abundante dado el número de comensales y el voraz apetito que nos caracterizó desde pequeños; mis padres en el estudio, atendiendo las demandas del negocio familiar y acordando la agenda para el día siguiente; los abuelos y los más pequeños recogidos en las habitaciones, viendo la telenovela, leyendo o jugando. A mí me gustaba irme a la habitación de mis padres y meterme en su cama, que era entonces para mí el mejor lugar del mundo.
Así nos pillaba el apagón, seguido de inmediato por gritos de sorpresa o decepción que salían de todas las habitaciones. Pasado el asombro, emergíamos poco a poco de cada estancia tanteando en la oscuridad, a la que nuestras pupilas aún no se habían acostumbrado, buscando velas y fósforos que nunca recordábamos dónde habíamos guardado. Finalmente, sin que nadie lo sugiriera de manera explícita, todos nos enfilábamos hacia el porche de la casa llevando alguna manta, algún cojín, alguna silla, para acomodarnos en aquella estancia bañada por la luz de la luna y de alguna vela que alguien había logrado localizar milagrosamente.
Allí nos sentábamos unos junto a otros. Yo, de niña, acostada con mi padre en la hamaca, de adolescente, sentada junto a mis hermanos —mi trono de benjamina tenía entonces reina nueva—, pero siempre con el oído atento al milagro que estaba por ocurrir.
En la oscuridad, el porche se convertía en lugar de intimidad y encuentro. La docena de almas que allí nos refugiábamos parecía respirar toda a un único compás, la conversación fluía como si fuéramos un solo cuerpo hablándose a sí mismo: mi papá comenzaba la estrofa de algún poema para luego callar y dejar que otro lo terminase por él o entonaba una milonga que todos, a una voz, coreábamos. Mis abuelos contaban historias de miedo —nacidas del folklore venezolano, donde ríos y caminos estaban poblados de aparecidos— que nos asustaban y nos hacía sentarnos un poco más cerca. Mi madre, la cronista familiar, relataba anécdotas de su niñez que añadían almas al porche que nos cobijaba, permitiendo que bisabuelos y tatarabuelos vinieran también a sentarse con nosotros.
Ya no importaban los platos sucios de la cena, ni las penurias del día siguiente, ni el desenlace del diario episodio de la telenovela, todo aquello podía esperar, lo esencial era estar allí y ser parte de esos doce hechos uno. Uno en la escucha y en la risa, uno en el habla y en el miedo, un solo ser sentado en el porche en comunión.
Y en el momento más álgido de alguna historia o en medio del coro de una sentida samba, de repente, llegaba la luz que nos encandilaba, encegueciéndonos. Entonces cada uno volvía a sus quehaceres, a su telenovela, a su pequeño mundo. Yo me quedaba en el porche un poco más, deseando que la luz se fuera de nuevo para que volviera esa sabrosa intimidad, ese divino comulgar a oscuras, y aun así, cubiertos de una suave luz.
Extracto de mi nuevo libro, Fragmentos de claridad, una propuesta que busca compartir hallazgos personales de luz en medio de la experiencia humana común, un viaje interior que entrelaza la memoria autobiográfica con la búsqueda espiritual y donde lo cotidiano se eleva a categoría de enseñanza divina.
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