ALGO DEBE QUEDAR
- buscandoadiosps
- 17 may
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No todo ha de perderse en el polvo
después del hartazgo final
de los que sólo se nutren de la muerte
No todo ha de perderse
Algo quedará de nosotros
Dionisio Aymará
Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida,
porque amamos a los hermanos.
Quien no ama está instalado en la muerte.
1 Juan 3:14
La promesa de eternidad que se nos hace le resulta tan inconcebible a nuestra mente que hemos inventado a la religión para que nos la explique. Ella nos habla de un futuro para nuestro yo de cielos o infiernos, de paraísos, de resurrección, de reencuentro o de castigo, de eterno dolor, de revancha. Pero la verdad es siempre mucho más sencilla de lo que nuestros dogmas suelen imaginar (y es allí donde la religión tropieza), por ello nos cuesta tanto comprenderla.
Para mí, todo lo que soy como ser biológico desaparecerá, el cuerpo entero quedará convertido en un puñado de polvo, todas las memorias, sentimientos, pensamientos también se extinguirán, de ellos tampoco quedará nada. Sin embargo, por ser todo esto lo que experimentamos en el mundo: lo carnal, lo mental, muchas veces la única manera que tenemos de explicar la promesa de eternidad es también en esos términos, perpetuando al ser biológico, otorgándole una eternidad de gloria o penitencia.
El problema radica en que tendemos a pensar de manera individual. ¿Qué quedará de mí?, nos preguntamos, ¿de esto (finito) que soy? Pero lo finito no puede hacerse infinito por mucho que lo intente, por ello hay que dar un gran salto, abandonando la visión de nuestros dos ojos para ver la de los muchos ojos, todos los ojos que han poblado la tierra desde que el mundo es mundo, los muchos, tantos ojos de seres que la han caminado y que sin embargo no son más que uno, el único Ojo de lo creado.
El problema radica es que tendemos a pensar de manera individual. ¿Qué quedará de mí?, nos preguntamos, ¿de esto (finito) que soy?
Este Ojo conoce a ese algo que queda, que pasa de mano en mano mientras estas se extinguen y recrean. Ese algo que es un círculo recorriéndose a sí mismo, recorriendo su perfecta redondez, ese algo que es el amor. Observar a través del Ojo que mira lo eterno nos permite comprender de qué manera somos parte de la eternidad, entender que la promesa habla de la eternidad como característica del amor, resaltando que la única manera de eternizarse es en el amor. Esto se dice en pocas palabras, pero tiene implicaciones demasiado ambiguas para la mente humana.
Nos hacemos eternos en el amor, pero no se hace eterno nuestro cuerpo, ni nuestras memorias, sentimientos o pensamientos, ni nada de lo que nos define como seres biológicos. Algo más se eterniza, en otro espacio, en otra realidad imperceptible al sujeto. El no-amor tiene la cualidad opuesta, podría decirse que es la de exterminar, pero se parece más a tener la opción de montarse a un autobús que nos lleva a alguna parte; sólo montándonos llegaremos, el no llegar no implica castigo, sino consecuencia de no habernos montado.
Cada acto de amor tiene entonces una implicación de eternidad en esa otra realidad que no entendemos. Cada acto de no-amor carece de efecto perdurable, como si nada hubiera sucedido, por eso lo relacionamos con la muerte. Un no-acto, un no-proceder que se desvanece.
Cada acto de amor tiene una implicación de eternidad en esa otra realidad que no entendemos. Cada acto de no-amor carece de efecto perdurable
Nos eternizamos cuando amamos, en ese mismo instante entramos al Reino, aunque no tengamos consciencia de ello, pues ocurre en una realidad que es casi imperceptible desde nuestra humanidad, de ella sólo (a veces) tenemos destellos. Lo único eterno es el amor, lo único que pervive, todo lo demás es caduco, efímero.
Entonces, esta expresión de vida que somos, la humana, y sobre la cual cabalgamos hoy, es un regalo que nos da cada día la oportunidad de eternizarnos. Lo hacemos cuando compartimos la miseria del otro, cuando esta no es ya su miseria, sino que es también la propia y nuestra mano se extiende tratando de aliviarla. Nos decía Armando Rojas Guardia que la Resurrección no es una felicidad pospuesta: la fraternidad es ya la Resurrección, por ello cuando amamos, bien podríamos decir: ¡he resucitado!
Ya oigo tu argumento, amigo lector, me dirás que el odio también sobrevive a la muerte, que el odio también pasa de mano en mano, de generación en generación. Es cierto, no pretendo negarlo, el odio pasa, resurge sin vida (pues nunca la ha tenido) como un zombi que sale de las tinieblas para morir de nuevo. No renace ni imparte vida, como el amor, sólo continúa su inevitable camino hacia la muerte. El odio, desde siempre, ha tenido los días contados.
esta expresión de vida que somos, la humana, y sobre la cual cabalgamos hoy, es un regalo que nos da cada día la oportunidad de eternizarnos.
En cambio, el amor que se parte y se reparte, que pasa de mano en mano, es la eternidad que se nos promete, el amor que damos gratuitamente y que continuará siendo dado también gratuitamente (pues el amor sólo puede darse así) por siempre. Aún cientos, miles de años luego de que el amor se entregó en la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, en el agua que sacó del pozo la samaritana, en la cruz, ese mismo amor es entregado hoy también en la mano que se extiende hacia la hermana que sufre, hacia el hermano sin pan.
Después de tantos y tantos años, tantos hombres y mujeres, ese mismo amor (¡pues no es otro!) llegó hoy hasta mis manos en el beso de mi esposo, en la sonrisa de un extraño y es en ese amor en lo único que puedo eternizarme; es gracias a ese comercio amoroso, del cual yo puedo también ser partícipe, que un día resucitaré en otra sonrisa, en otro gesto, en otra mano que se ofrece, en otra hogaza de pan. Dentro de algunas horas, dentro de algunos años, dentro de algunos siglos.
Víctor Herrero de Miguel, en un breve e iluminado poema, nos dice: aquí tenemos al hombre. Contempladlo… Es barro lo que veis, arcilla y agua. Y un hilillo de amor que lo sutura. Mañana, cuando el barro se haga polvo, de nosotros sólo quedará el hilillo, lo que equivale a decir que mañana, cuando la mano del que supe amar se extienda misericordiosa, ahí estaré yo, resucitada.



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