SOMOS BUENOS
- buscandoadiosps
- hace 22 horas
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Y vio Dios todo lo que había hecho,
y he aquí que era bueno en gran manera.
Génesis 1:31
De acuerdo con la narración bíblica, el producto de los seis días de divino éxtasis creativo fue bueno. Así lo afirma Dios continuamente en el relato, parece congratularse cuando, al cerrar el día, declara que todo es bueno, que todo le ha quedado muy bien. Y no habla sólo de la magna belleza que esconde el cosmos, ni se refiere únicamente a la deslumbrante flora y fauna con las que ha poblado la tierra, habla también de nosotros, la mujer y el hombre, tú y yo, amigo lector, a quienes hizo a su imagen y semejanza, nos incluye cuando afirma que todo lo que había hecho era bueno en gran manera.
Yo no siempre me lo creo, de hecho, con frecuencia aseguro lo contrario: «que arrogante soy», me digo a menudo, «que mala». Pero resulta que somos buenos, así lo confirma el primer capítulo del primer libro de la Biblia, como si para Dios fuera apremiante que de entrada supiéramos que nuestra naturaleza es la bondad. Si, ¡la bondad!, ¡somos buenos!, ¡el sujeto es bueno!
nuestra naturaleza es la bondad
Sin embargo, es fácil concluir lo contrario. Abrimos el periódico, prendemos la televisión y pareciera que el mundo nos demuestra, sin lugar a duda, lo equivocados que estamos si creemos aquello en lo que insiste el Génesis. Pero hay que creerlo, pues de otra manera nunca actuaremos conforme a lo que somos, por eso, quisiera hoy confirmar lo contrario a lo que me digo con frecuencia y dar fe de ello.
Si el mal fuera parte de la naturaleza humana, de lo que nos conforma, elemento intrínseco de nuestra fibra, ¿no floreceríamos bajo su tutela?, ¿no sería el sujeto más próspero, más enérgico, más feliz bajo su reinado? Pero no es este el caso, ganados por el mal nos aminoramos, desfallecemos, nos extinguimos.
Con el traje del mal cubrimos nuestra buena carne, convencidos de que es escudo protector que resguarde lo que percibimos blando, vulnerable.
Hablo del mal en todas sus expresiones: el odio, la envidia, la arrogancia, el egoísmo, la violencia… Y no sólo del mal que hacemos al otro, sino del que nos hacemos a nosotros mismos, el mal con el que nos torturamos: traje sin forma con el que nos cubrimos. Si, traje, porque es externo a nosotros, ¡al mal hay que ponérselo!, no estamos hechos de él. Con el traje del mal cubrimos nuestra buena carne, convencidos de que es escudo protector que resguarde lo que percibimos blando, vulnerable.
En la bondad, por el contrario, renacemos, paz y alegría vienen a posarse sobre nosotros, nuestro espíritu se aviva desde dentro, pues actuamos finalmente en el marco de la naturaleza de la cual estamos hechos. Si no fuéramos buenos no floreceríamos cuando en la bondad nos movemos, como un pez que hecho para el agua puede en ella prosperar y fuera de esta se extingue. Así nosotros, hechos para la bondad, fallecemos lejos de ella.
esa generación que nos reemplazará ha de saberse buena, es así como se salva a la humanidad, removiendo el velo que le engaña y descubriendo a sus ojos la bondad que la conforma.
Pero esta Verdad vital no puede convertirse en nuestro pequeño secreto, hemos de enseñársela a nuestros hijos, aunque a veces nos parezca que mentimos. Pues esa generación que nos reemplazará ha de saberse buena, es así como se salva a la humanidad, removiendo el velo que le engaña y descubriendo a sus ojos la bondad que la conforma. Quizás diciéndole como les dijo Andrés Eloy Blanco a sus hijos:
Tú eres el hombre, hijo, de la hora esperada,
pero, si has de creerme, la bondad es lo cierto,
y para poseerla, precisa ser valientes;
la bondad es lo dulce del valor y el respeto.
Si alguien te pide tu sabiduría,
dásela, aunque se niegue a creer en tu credo;
si alguien te pide un pedazo de pan,
dáselo y no preguntes bajo qué tienda va a comerlo;
si alguien te pide tu amistad,
dásela, aunque no piense como tu pensamiento:
si alguien te pide agua,
dásela y no preguntes si va a regar su huerto,
si va a calmar su sed, si va a lavar sus manos,
si va a ponerla en tierra para hacer un espejo.
Para el bueno, la idea tiene el ancho del mundo
y un pan es del tamaño del hambre del hambriento.
En Venezuela, mi país de origen (y también el de Andrés Eloy), una hermosa y arraigada costumbre nos hace darle la bendición a nuestros hijos, sobrinos y nietos. Dios lo bendiga nos dicen los mayores cuando nos saludan. Mis padres, a su Dios la bendiga, la acompañaban con un …y la haga santa y buena; hablaban ellos, sin saberlo, de una inevitable realidad que me define. Si, soy santa y buena porque así me hizo Dios (¡y a ti también, amigo lector!). Por ello, hoy he decidido no vestirme con ese traje oscuro con el que a veces me cubro, hoy seré valiente, como les pide Andrés Eloy a sus hijos, y dejaré que mi carne bondadosa sea mi único vestido.



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