MÍSTICA IGNORADA Y OLVIDADA
- buscandoadiosps
- hace 3 días
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Jorge Zalamea es uno de esos autores que secuestró mi imaginación en la juventud, razón por la cual he retornado con frecuencia a su obra desde entonces y creo que lo haré por el resto de mi vida. Como contara en un artículo previo, tropecé por primera vez con uno de sus libros en la biblioteca de la universidad y luego lo conseguí, para mi asombro, entre los libros de mi madre, cuando ya creía haberlos escudriñado todos. El sueño de las escalinatas, El gran Burundún-Burundá ha muerto, La metamorfosis de su Excelencia, son historias que he leído una docena de veces a lo largo de los años y siguen regalándome algo nuevo cada vez que vuelvo a ellas.
en cuestión de mística tampoco hay pueblos subdesarrollados.
En la época universitaria en la que lo conocí, solía visitar los quioscos de libros de segunda mano en busca de tesoros con los que alimentar mi biblioteca personal, que apenas comenzaba a formarse. En una de esas visitas, que podían durar horas excavando montañas de libros cual minero en busca de piedras preciosas, encontré un libro suyo que no conocía: Poesía ignorada y olvidada. Era un libro grande, de tapa dura, y recuerdo mi alegría al encontrarlo, esa euforia al hallar un anhelado tesoro nunca se olvida, de inmediato lo abrí y leí la primera página. Tras su lectura, mi corazón contento confirmaba el alto quilate de mi descubrimiento. Rezaba así:
Después de un número de años ya difícilmente confesable de lecturas, estudios, cotejos, traducciones y viajes por los cinco continentes he llegado a la conclusión consoladora de que en poesía no existen pueblos subdesarrollados. Seguramente esta afirmación, que pocuraré probar en las páginas de este libro, no aliviará a los gobernantes, a los hombres de empresa y a las masas que soportan la dura carga del subdesarrollo técnico y económico; pero acaso esos mismos pueblos y desde luego sus hombres de cultura hallen una especie de modesta revancha espiritual en aquel hecho que aquí anuncio.
tan relevante como la sabiduría divina de las religiones que han trascendido hasta nuestros días es aquella de otras religiones que parecen haberse quedado en el olvido.
Sin embargo, y aunque muchas veces lo ojeé entreteniéndome en la lectura de algunas de sus páginas, no fue hasta décadas más tarde que lo leí al completo y pude comprobar, sin lugar a duda, la veracidad de la premisa planteada en aquella primera página. En el libro, Zalamea hace un iluminado recorrido geográfico e histórico registrando poemas de pueblos y tiempos olvidados. Allí están, entre otros, los lamentos funerarios de los pigmeos, los cantos de la tribu iroquí, la más pura expresión tibetana. Cada uno nos muestra su maestría, cada uno nos confirma que en poesía no existen pueblos subdesarrollados.
Pero leyéndolo, otra verdad se hace evidente, pues esa aseveración de Zalamea podría llevarse un paso más allá para afirmar que en mística tampoco hay pueblos subdesarrollados; que tan relevante como la sabiduría divina de las religiones que han trascendido hasta nuestros días (muchas veces queriendo establecerse como absolutas) es aquella de otras religiones que parecen haberse quedado en el olvido, como las de los pueblos aborígenes, que hoy son más alimento para el estudio de antropólogos que para la fe de sus fieles. Religiones aparentemente convertidas en lejanos mitos de pueblos primitivos, pero que en realidad son el fundamento sobre el cual la espiritualidad humana se levanta.
Religiones aparentemente convertidas en lejanos mitos de pueblos primitivos, pero que en realidad son el fundamento sobre el cual la espiritualidad humana se levanta.
Como reconocimiento a esas mujeres y hombres que nos dejaron el registro de la voz que escucharon, para que hoy nos demos cuenta de que es la misma que susurra en nosotros; y también para hacerle un guiño personal a mi amado Zalamea trasladando su premisa al ámbito espiritual, he querido recoger aquí algunos de esos poemas de su libro, junto con la introducción que de ellos hace el autor, donde podemos comprobar que en cuestión de mística tampoco hay pueblos subdesarrollados.
Desde la comarca canadiense, otro anónimo cantor, esta vez de la tribu algonquina, parece responder a la desolación (…) del iroquí con estos versos que fácilmente traen a nuestra memoria la alegría dionisíaca de algunas páginas de Federico Nietzsche:
«Somos las estrellas que cantan.
Cantamos con nuestra luz.
Somos los pájaros de fuego.
Cantamos por encima del cielo.
Nuestra luz es una voz.
Abrimos una ruta a los espíritus
para que pasen los espíritus.
Entre nosotros, tres cazadores
cazan un oso.
Jamás hubo tiempo
en que no lo cazasen.
Despreciamos a las montañas.
Y este es el canto de las estrellas.»
En su mudo, blanco y yerto mundo de hielo, el esquimal ―ese otro hermano nuestro subdesarrollado―, convoca a los espíritus, habla con ellos y los conjura con muy secretos designios. (…) leamos estas líneas en las cuales se relata cómo un poderoso espíritu acudió al llamamiento del hombre palabrero y cómo se aposentó en el poeta-mago sacudido por irrefrenables deseos, dotado de ciencia tan secreta como elemental y movido por un terco amor a la belleza del mundo, de ese mundo cruel que lo rodea y hostiliza.
«¡Espíritu del aire,
ven, ven pronto!
¡Te llama
mi conjuro!
¡Ven, y reduce la desgracia a nada!
¡Espírutu del aire,
ven, ven pronto!
Me levanto,
en mitad de los espíritus me levanto.
Los exorcistas me sostienen
y mantienen entre los espíritus.
Niño, niño, niño grande:
levántate y acude.
Niño grande, niño pequeño:
surge entre nosotros.
Quiero visitar
a una mujer extranjera.
Quiero adivinar enigmas
en el hombre.
Desato las correas de mis botas,
busco en el hombre
y busco en la mujer:
hago desaparecer las arrugas de las mujeres.
Anduve sobre el mar helado.
Resoplaban las focas en sus huecos.
Maravillado, escuché el canto del mar
y el gemido de los hielos nuevos.
¡Anda! ¡Anda!
Un poderoso espíritu trae
la salud a la Casa de las Fiestas.»
Como en las poesías de los pigmeos que ya consideramos, en el «Lamento funerario a dos voces» que veremos ahora, nos topamos, creo yo, con una pequeña obra maestra de síntesis y autenticidad. Toda la vida y toda la muerte están ahí, en un centenar de palabras que se ajustan exactamente a un plan, a una composición de singular equilibrio. Es un cosmos cerrado, implacable. Nuestra presunción podría alegar que se trata de un hecho simple: el «negrillo», ese primitivo, ese bestia-hombre en trance de desaparición, dice apenas lo que sus sentidos perciben. Yo no me atrevería a poner tales límites. En la mera y monda constatación de los hechos que se hace en el poema hay una intensa conmoción espiritual, contenida con gran sabiduría dramática y poética a lo largo de la desolada enumeración y resuelta en un gran grito final, que es el testimonio del alma.
«La bestia corre, pasa, muere. Y es el gran frío.
Es el gran frío de la noche. Son las tinieblas.
El pájaro vuela, pasa, muere. Y es el gran frío.
Es el gran frío de la noche. Son las tinieblas.
El pez huye, pasa, muere. Y es el gran frío.
Es el gran frío de la noche. Son las tinieblas.
El hombre come y duerme. Y muere. Y es el gran frío.
Es el gran frío de la noche. Son las tinieblas.
Y el cielo se aclara, se apagan los ojos, resplandece la estrella.
El frío está abajo, la luz arriba.
Muere el hombre, desaparece la sombra, ¡libre está el prisionero!»



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