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SOBRE LA POBREZA

  • buscandoadiosps
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura
San Francisco en éxtasis (fragmento). El Greco.
San Francisco en éxtasis (fragmento). El Greco.

¡Ricos o pobres, contemplaos en la pobreza como en un espejo,

pues ella es la imagen de vuestra decepción fundamental,

ella ocupa aquí abajo el lugar del paraíso perdido,

ella es el vacío de vuestros corazones, de vuestras manos!

Georges Bernanos


 

Hay una anécdota de San Francisco de Asís, registrada por Tomás Celano en la Vida II, que capturó mi atención desde la primera vez que la escuché, pues me dejó sintiendo que había en ella una enseñanza mucho más profunda de lo que mi inicial impresión lograba deducir.

La historia narra que Francisco, que había dado al olvido las cosas del mundo, ya no quería dormir sobre colchón ni con almohada. Una noche, aquejado por el tracoma, fue obligado, contra su voluntad, a hacer uso de una pequeña almohada. Luego de unas horas padeciendo vértigos y dolores, Francisco llamó a uno de sus compañeros y, lanzando lejos la almohada, le pidió que se la llevara pues en ella estaba el diablo. Quítamela, le dijo, que no quiero tener por más tiempo al diablo bajo mi cabeza.

Concluye Celano la anécdota advirtiendo: El diablo va con gusto en compañía de la opulencia, se goza de hacerse presente ante los lechos suntuosos (…). Pero no es menos verdad que la serpiente antigua huye del hombre despojado de todo, ya porque tiene a menos el trato con el pobre, ya porque le causa pavor la excelsitud de la pobreza.

¿Y qué pobreza es esta que ni siquiera los pobres conocen pues incluso a ellos habrá que enseñársela?

Tras el relato, una inicial interpretación religiosa y doctrinaria me resultaba sumamente escasa, quedarme tan sólo con la figura caricaturesca del diablo que alojado en la almohada de Francisco quisiera tentarlo o atormentarlo me sabía a poco. Sentía que algo más había para mí en aquella historia y que esas últimas palabras de Celano: la excelsitud de la pobreza, me daban una pista.

Una posible respuesta se ha ido revelando en mi pecho a lo largo de los años, lentamente, velo tras velo ha sido removido dejándome entrever un mensaje más profundo y más útil, un mensaje del cual los santos de todas las religiones nos han hablado. Para exponerlo, amigo lector, me gustaría apoyarme en las palabras de un autor que sabrá dar mejor que yo en la diana, pues se requiere un mensajero que se despoje de normas sociales y religiosas sin permitir que el resentimiento lo nuble. El autor es Georges Bernanos y su libro: Diario de un cura rural.

debemos despojarnos de conceptos preconcebidos, de prejuicios, de lo que podríamos pensar son verdades absolutas, pues así nos lo han dicho desde pequeños.

Desde que la leí, he percibido esta historia de Bernanos, particularmente la primera mitad del libro, como un tratado sobre la pobreza. Su autor no trae consigo un mensaje sencillo de digerir, para entenderlo debemos despojarnos de conceptos preconcebidos, de prejuicios, de lo que podríamos pensar son verdades absolutas, pues así nos lo han dicho desde pequeños, cuando con ellas llenaron nuestros biberones. El autor francés nos obliga a deshacernos de chupetes y baberos para enfrentar la ambigüedad con la que viene a alimentarnos, ese plato poblado de grandes bocados que aún nos cuesta tragar.

A través de uno de los personajes de la novela, Bernanos nos expone su visión respecto a la pobreza. Es el cura de Torcy, hombre curtido en la iglesia que ha aprendido a manejar los altibajos de su profesión saliendo relativamente ileso. Pero este viejo cura no viene a vendernos dogmas ni sermones de domingo, viene a retarnos. Con él conversa el joven cura rural, que es quien narra la historia.

Una Pobreza que previene que lo mundano nos secuestre, pues el problema no es tener posesiones, el problema es que las posesiones nos tienen a nosotros, pobres y ricos por igual.

—Habría que reflexionar mucho antes de hablarles a los ricos de la pobreza. De otro modo nos haríamos indignos de enseñársela a los pobres, ¿y cómo atreverse a presentarse entonces ante el tribunal de Jesucristo?

—¿Enseñársela a los pobres? —dije.

—Sí; a los pobres. A ellos nos envía primeramente Dios y para anunciarles… ¿qué? La pobreza. Sin duda esperan otra cosa. Esperan el fin de su miseria y he aquí a Dios, cogiendo a la pobreza de la mano y diciéndoles: «Reconocedla como vuestra Reina, juradle homenaje y fidelidad».

¿Y qué pobreza es esta que ni siquiera los pobres conocen pues incluso a ellos habrá que enseñársela? ¿qué pobreza es esta cuyo honor, según Bernanos, debemos resguardar? Obviamente no es la pobreza como la entiende el mundo, una que sólo merece ser erradicada, aunque pareciera que un mayor esfuerzo se hace en ocultarla, para que no atormente nuestra conciencia. La Pobreza de la que nos habla Bernanos es aquella por la cual Jesús afirmaba: Bienaventurados vosotros los pobres; porque vuestro es el reino de Dios.

Una Pobreza que previene que lo mundano nos secuestre, pues el problema no es tener posesiones, el problema es que las posesiones nos tienen a nosotros, pobres y ricos por igual. Una Pobreza que hace posible la entrega, el renunciamiento que se requería para acceder al Reino, ese sitio en nosotros habitado por Dios, el único donde es posible el encuentro. Es esa la Pobreza que debemos honrar, instrumento de libertad, lugar donde podemos al fin experimentar el éxtasis que será la entrega eterna.

Sabiéndolo, que fácil se nos hace ahora entender el disgusto de Francisco.

 
 
 

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