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UN DESPERTAR

  • buscandoadiosps
  • 18 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
Venga tu reino.. Alphonse Mucha.
Venga tu reino.. Alphonse Mucha.

Hay que aprender a alucinar en pleno día

para poder ver lo que nadie ve.

Rubén Ackerman


 

Hay libros que nos persiguen, que se nos quedan enredados en el alma. No sólo no se van cuando los cierras y los dejas sobre una mesa o sobre el sofá, dándoles la espalda, sino que además te asaltan, muchas veces en el peor momento: en mitad de la noche cuando intentas dar descanso a esa humanidad que tanto lo requiere, o en medio de alguna conversación importante cuando tu interlocutor, que te escucha con atención, ve cómo tus palabras pierden sentido de repente tras el secuestro sin aviso del que has sido víctima, o cuando vas tarde para alguna cita, con el tiempo justo para franquear con rapidez el camino a recorrer, atenta a la primera oportunidad para cruzar una calle evadiendo los coches, pasar a algún peatón despistado que te enlentece, entrar rápido al ascensor antes de que se marche y, de repente, cuando tienes solamente los segundos necesarios para llegar a tiempo, aquella palabra que no quiso quedarse sobre la mesa, donde la dejaste, brinca en tu centro y te convoca, como un grito que desde adentro llega sorprendiéndote, demandando atención que no puedes negar. Entonces, el sueño plácido se acaba, tu elocuente discurso se convierte en triste balbuceo y la posibilidad de llegar a tiempo es inmediatamente aniquilada. Y te vas dentro de ti, de nuevo, a observar el retoño que crece de la semilla sembrada por aquella palabra.

Ha sido larga mi introducción, lo sé, amigo lector, pero era necesaria para explicar lo que me pasa con Claros del bosque, de María Zambrano, pues hoy, cuando menos lo esperaba, ha llegado de nuevo, trayendo consigo lo que vengo a contarte.

Hay libros que nos persiguen, que se nos quedan enredados en el alma.

Hay un puñado de páginas en el medio del libro que podrían haber pasado desapercibidas, leídas una vez para no ser recordadas jamás, como ha sido el destino de tantas y tantas páginas que mis ojos han recorrido. Pero no estas.

En ellas, Zambrano habla del ser, del cual dice: Desde siempre el ser ha estado escondido y por ello, se ha preguntado el hombre a sí mismo acerca de él y ha preguntado. ¿Habría sido así acaso si él, el ser humano, no hubiera sentido en sí, dentro de sí, un ser, el suyo, escondido?

Este ser escondido, según la autora, ha sido recibido sin duda desde antes, un ser preexistente que surge llamado por una luz que se derrama hasta una cierta profundidad en ese lugar, nido quizá, donde (el ser) alienta. Luz que le despierta y que tiene que ser a su vez anhelada, una luz de la que tiene que ir al encuentro.

Zambrano nos lleva de su mano a un mundo preexistente que se oculta a nuestros ojos y en el cual nos movemos cada día sin notarlo.

Este ser, que vive en nosotros sin ser notado, es muy distinto a la psique, siempre presente, siempre atareada dictando a todas horas pensamientos, sentimientos, memorias. De ella dice Zambrano que está dispuesta a responder cuando se la estimula. Estímulos que surgen de lo externo, secuestrándola. El ser, en cambio, de responder es a la llamada, a la invocación y aun al conjuro de aquella luz que es para él único anhelo.

De esta manera Zambrano nos lleva de su mano a un mundo preexistente que se oculta a nuestros ojos y en el cual nos movemos cada día sin notarlo. Una realidad, la del ser escondido, a la que permanecemos ciegos, muy distinta a lo que comúnmente se llama realidad, que para la autora es casi de continuo imagen. La realidad que al ser humano se le ofrece, añade, no acaba de serlo; a medias real tan sólo.

Por ello Zambrano la compara con la luna, que se presenta en una imagen de plenitud, que no logra dar en verdad; es sólo una imagen de plenitud, le falta la otra cara. Una realidad a medias que constantemente nos requiere y de la cual somos prisioneros. Una realidad mezquina que se impone deseando convertirse en única verdad.

Un universo que no se entiende con ojos ni oídos, ni se descubre con tactos y gustos, requiere de otras sensibilidades para ser descubierto.

Pero, como la cara que vemos de la luna, ella es sólo una imagen bidimensional que no deja ver la profundidad que se esconde. Como si lo que llamamos realidad, sabiendo que no es tal, se empeñara en ser protagonista, en no dejarse ensombrecer por toda esa dimensión oculta a los sentidos que tanto la supera, como si quisiera con su visión embrujarnos para que no veamos la redondez que se oculta en la sombra sin querer ser protagonista, ocupada en su quehacer sin endiosarse. Es, con eso le basta, no puede negarse.

Yo, cuando medito, intento abrirme a ese oculto infinito, intento revelarlo, hacer que mis sentidos, acostumbrados a la luz aletargante de la cara visible de la luna, se ajusten para distinguir lo que se oculta entre las sombras. Un universo que no se entiende con ojos ni oídos, ni se descubre con tactos y gustos, requiere de otras sensibilidades para ser descubierto. Sensibilidades que se han atrofiado de no usarlas y que despiertan lentamente de su letargo.

 
 
 

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