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DEL REINO

  • buscandoadiosps
  • hace 8 horas
  • 4 min de lectura
El jardín de la semilla de mostaza (página 7). Wang Gai (Museo Victoria y Albert).
El jardín de la semilla de mostaza (página 7). Wang Gai (Museo Victoria y Albert).

Entre los más de quinientos libros que heredé de la biblioteca de mi madre se encontraba uno al que me acerqué con especial curiosidad: Los evangelios perdidos, una compilación de evangelios gnósticos que incluye el de Tomás, el cual se diferencia de los canónicos pues no es este un relato de la vida de Jesús, sino una compilación de frases atribuidas a él.

Aunque algunas de estas frases de Jesús me eran familiares, pues coincidían con las que también capturaron los conocidos evangelios canónicos, lo que saltaba a mi vista cuando leía el evangelio de Tomás era una misteriosa luz que todo lo cubría, muy parecida a una que ya dentro de mí había encontrado. Como si hasta entonces, las tan repasadas palabras de Jesús en mi Biblia las hubiera leído a media luz y alguien finalmente me acercara una lámpara que ilumina lo que antes permanecía a oscuras.

el Reino no es un lugar al que, si hay suerte, nos mudaremos algún día.

Frases como estas:

Jesús dijo: «Si quienes os guían os dijeran: El Reino está en el cielo, entonces las aves del cielo os tomarían la delantera. Y si os dijesen: “Está en la mar”, entonces los peces os tomarían la delantera. Pero el Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros. Cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, entonces seréis conocidos y caeréis en la cuenta de que sois hijos del Padre Viviente. Pero si no os conocéis a vosotros mismos, estaréis sumidos en la pobreza y seréis la pobreza misma».

O estas:

Jesús dijo: «Reconoce lo que tienes ante ti y se te manifestará lo que está oculto, pues nada hay escondido que no llegue a ser manifiesto»

O estas:

Dijeron los discípulos a Jesús: «Dinos cómo va a ser nuestro fin». Jesús dijo: «¿Es que ya habéis descubierto el principio para preguntaros por el fin? Sabed que donde está el principio, allí estará también el fin. Dichoso aquel que se encuentra en el principio: él conocerá el fin y no gustará la muerte».

el Reino de los cielos se revelaba no como un proceso evolutivo, sino como la posibilidad de trascender.

Aunque todos los versículos traían algo nuevo, cada frase me era familiar, incluso aquellas que no tenían paralelo en las versiones canónicas, pues vibraban en mí con la misma frecuencia que la verdad sagrada que hacía tiempo descubrí en mi pecho. Sin embargo, fue un versículo casi idéntico a uno que captura Mateo en su evangelio el que vino a remover un velo del que hoy vengo a hablarte, amigo lector.

Ernesto Cardenal, en su libro Vida en el amor, propone que Cristo nos dijo con muchas parábolas que el reino de los cielos es un proceso de evolución: es un grano de trigo, una semilla que el sembrador sale a sembrar al campo, una levadura que una mujer toma y la revuelve con la masa, la semilla de un árbol de mostaza que cuando se siembra es la más pequeña de las semillas pero cuando crece sobrepasa a todos los arbustos y en sus ramas anidan las aves del cielo.

Las palabras de Cardenal, que he leído muchas veces pues su libro es uno de mis libros de cabecera, corroboraban que el Reino no es un lugar al que, si hay suerte, nos mudaremos algún día. Sin embargo, su aseveración: el reino de los cielos es un proceso de evolución, se me quedaba siempre flotando, no acabada de asentarse, no lograba asimilarla. La explicación del poeta dejaba en mí un agujero, una escasez que no podía saldar.

conocernos a nosotros mismos consiste en tomar conciencia de que somos Reino, de que no hacen falta milagros ni milagreros

Varios años después, cuando llegó hasta mí el Evangelio de Tomás, encontré allí la parábola del grano de mostaza:

Dijeron los discípulos a Jesús: «Dinos a qué se parece el reino de los cielos». Jesús dijo: «Se parece a un grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando cae en tierra de labor hace brotar un tallo y se convierte en cobijo para los pájaros del cielo».

Copio aquí también la versión en el Evangelio de Mateo (13:31-32):

Jesús también les contó esta parábola: «El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo.  Es, por cierto, la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, se hace más grande que las otras plantas del huerto, y llega a ser como un árbol, tan grande que las aves van y se posan en sus ramas».

Como puedes ver, amigo lector, las diferencias entre ambas versiones son mínimas. Sin embargo, aunque desconozco el motivo (quizás haya sido esa misteriosa luz que cubre todo el Evangelio de Tomás) no fue hasta que leí la versión gnóstica que encontré lo que estaba buscando: el Reino de los cielos se revelaba no como un proceso evolutivo, sino como la posibilidad de trascender.

el Reino no es una promesa a futuro que no acaba de llegar sino un potencial que nos habita y de cuya mano podemos trascender.

Queriendo corroborar mi intuición, volví a la serie de parábolas mencionadas por el poeta y recogidas en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo. En ellas Jesús intenta, con múltiples ejemplos, explicarnos lo que es ese Reino, ese que tantas veces hemos confundido con un premio que se otorga a unos pocos al final de la vida.

El Reino de los cielos es como…

…un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo…

…la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina…

…un tesoro escondido en un campo…

…una red que se echa en el mar…

Confirmada mi sospecha, vuelvo a las palabras de Jesús capturadas por Tomás para reconocer que el Reino, esa posibilidad de trascender, lo llevamos dentro (...está dentro de vosotros). Pero debemos también considerar la advertencia que registra el evangelista gnóstico y que nos dice que sólo cuando lleguéis a conoceros a vosotros mismos, entonces (…) caeréis en la cuenta de que sois hijos del Padre Viviente. Pues conocernos a nosotros mismos consiste en tomar conciencia de que somos Reino, de que no hacen falta milagros ni milagreros, de que el Reino no es una promesa a futuro que no acaba de llegar sino un potencial que nos habita y de cuya mano podemos trascender.

 
 
 
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