¿BÚSQUEDA O ESPERA?

Dice la Biblia, en el libro de Jeremías, que el que busca a Dios lo encuentra y es esa una afirmación que nos conforta, pues añade esperanza a una actividad que pudiera parecer infructuosa. Sin embargo, también podría confundirse con una engañosa frase publicitaria que promete más de lo que cumple, pues esa búsqueda, siempre exigente, siempre escabrosa, jamás nos devuelve un tangible trofeo que podamos exhibir con orgullo como prueba innegable del encuentro. Ese Dios escurridizo no se deja atrapar, volvemos al mundo con las manos aparentemente vacías y la mirada perdida, hablando de una sombra que, por un mágico instante, se dejó vislumbrar.
Sé de dos conocedoras de la experiencia que argumentan que esta búsqueda no es tal, que es meramente una espera. La primera, Simone Weil, asegura:
No podemos dar un sólo paso hacia él (Dios); no se camina verticalmente. Podemos sólo dirigir hacia él nuestra mirada. No hay que buscarle, basta con cambiar la orientación de la mirada; a él es a quien corresponde buscarnos…
¿Cómo buscarlo? ¿Cómo ir hacia él? Aunque caminásemos durante siglos, no haríamos más que girar alrededor de la tierra. (…) no nos es posible ascender verticalmente, no podemos dar un paso hacia los cielos. Dios atraviesa el universo y viene hasta nosotros.
Por encima de la infinitud del espacio y del tiempo, el amor infinitamente más infinito de Dios viene y nos toma. Llega justo a su hora. Tenemos la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo. Si permanecemos sordos, volverá una y otra vez como un mendigo, pero también, como un mendigo llegará el día en que ya no vuelva. Si aceptamos, Dios depositará en nosotros una pequeña semilla y se irá. A partir de ese momento, Dios no tiene que hacer nada más, ni tampoco nosotros, sino esperar. Pero sin lamentarnos del consentimiento dado, del sí nupcial.
...volvemos al mundo con las manos aparentemente vacías y la mirada perdida, hablando de una sombra que, por un mágico instante, se dejó vislumbrar.
Como ven, según Weil, a Dios no se le busca. María Zambrano sugiere lo mismo cuando habla de los claros del bosque, imagen que usa la filósofa española para referirse, en mi interpretación, a la presencia divina, a la experiencia mística:
El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención.
Un templo, más hecho por sí mismo, por «Él», por «Ella» o por «Ello», aunque el hombre con su labor y con su simple paso lo haya ido abriendo o ensanchando. La humana acción no cuenta (…). Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado (…).
Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío —o la nada o el vacío— hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso, en lo negativo del éxtasis.
El ser, que ha conocido el éxtasis que sobrecoge al pecho cuando llega, el orgasmo del encuentro con esa sombra escurridiza que desaparece en cuanto se le vislumbra, no puede dejar de desear.
Pero no creo que ni Weil ni Zambrano contradigan a Jeremías, pues hablan ellas de una espera que pudiera parecer una búsqueda, pues no es un acto pasivo, es una espera anhelante, una espera expectante. El ser no se desentiende del potencial encuentro, intenta provocarlo, aunque sea tan sólo cambiando la orientación de la mirada, como nos dice Weil, o deteniéndose, quedando en suspenso, como asegura Zambrano.
Esta espera es el fruto del deseo. El ser, que ha conocido el éxtasis que sobrecoge al pecho cuando llega, el orgasmo del encuentro con esa sombra escurridiza que desaparece en cuanto se le vislumbra, no puede dejar de desear. Si no me crees, amigo lector, escucha a Rumi cantando borracho su deseo.
Te deseo
más que alimento
o bebida.
Mi cuerpo,
mis sentidos,
mi mente,
tienen hambre de ti.
Siento
en mi corazón tu presencia
aunque pertenezcas
a todos en el mundo.
Espero
en silente pasión
un gesto,
una mirada
tuya.
Ese deseo es la verdadera clave. Es, para el sujeto, lo más cerca que tiene (y tendrá nunca) a la llave que abre la puerta al claro del bosque del que hablaba Zambrano, al caminar verticalmente que menciona Weil. A nuestro amante le gusta ser deseado, nuestro deseo es un imán que lo atrae, que lo saca por un instante a la luz y nos deja deleitarnos.
Quizás debió decir Jeremías que el que desea a Dios lo encuentra.



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