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MOISÉS, GEDEÓN Y LA DUDA

  • buscandoadiosps
  • 14 oct 2021
  • 4 Min. de lectura

Publicado en Hacedoras

La espada del Señor de Gedeón. Thomas Saunders Nash. 1932

Hay dos personajes bíblicos cuyos comienzos en Dios me confortan, pues me hacen sentir menos inadecuada. Ambos dan sus primeros pasos plagados de dudas y desde allí parece que retan la paciencia de Dios. Causa a la vez risa y ternura leer sus tentativas por eludir el inevitable llamado, hasta que, como yo, llegan a comprender que nadie se Le escapa.


A Moisés, Dios se le aparece en el desierto; a Gedeón, bajo una encina. Ambos son, en ese momento de sus vidas, esclavos del miedo: Moisés, un pastor tartamudo prófugo de Egipto; Gedeón, un hombre empobrecido que limpia el trigo a escondidas por temor a los madianitas. Ante estos dos personajes se presenta Dios y para su sorpresa les ordena que abandonen su labor y se dispongan a salvar al pueblo de Israel de sus opresores. Comienzan entonces las escusas: «¿quién soy yo para presentarme ante el faraón?», «Ellos no me creerán, ni tampoco me harán caso», «Yo no tengo facilidad de palabra» dice Moisés, rehuyéndole a Dios. Gedeón no se queda atrás en su esfuerzo por evadirse: «¿cómo voy yo a salvar a Israel, mi clan es el más pobre de toda la tribu», «dame una prueba de que realmente eres Tú quien habla conmigo»


...es en la duda donde nace, para el hombre, la posibilidad; sin ella todo es negación o certeza, el mundo de los demonios y el de los ángeles, no el de los hombres.

Conocemos las historias, ambos acaban cediendo y el poder de Dios los saca victoriosos de sus retos, pero no pasemos tan apresurados por sus vacilantes comienzos para deleitarnos sólo en la victoria, detengámonos en su incertidumbre a comprender, con Dostoievski, que era preciso que su hosanna pase por el crisol de la duda.


En las obras del maestro ruso la duda es clara protagonista. Nunca es esta afirmación tan certera como entre las hojas de Los hermanos Karamázov, donde la encontramos cuestionándonos. Un buen ejemplo es aquella escena de la taberna donde Iván (el hermano intelectual y materialista) desnuda su alma ante Aliosha (el hermano pasivo y religioso) revelándole sus dudas sobre Dios, sobre su existencia, sobre su bondad y su justicia, que delatan el enojo hacia un Ser que le resulta completamente incomprensible.


…si Dios existe, y si, en efecto, creó la tierra, esto lo hizo, según sabemos perfectamente, de conformidad con la geometría euclidiana, y la inteligencia humana la creó con sólo la noción de las tres dimensiones del espacio. Mientras tanto, ha habido y hay geómetras y filósofos, incluso de los más famosos, que ponen en duda el hecho de que todo el universo, o más ampliamente, todo el ser, fuera creado con arreglo únicamente a la geometría euclidiana; se atreven incluso a pensar que dos líneas paralelas, que según Euclides no pueden encontrarse nunca en la tierra, acaso lleguen a juntarse en algún punto de la infinitud. Yo, querido, he decidido que si ni siquiera esto lo puedo comprender, mucho menos podría comprender a Dios. Reconozco humildemente que carezco de capacidad para resolver tales problemas, mi mente es euclidiana, terrenal, y por eso no estamos en condiciones de resolver lo que no pertenece a este mundo. También a ti te aconsejo que no pienses nunca en esto, amigo Aliosha, y sobre todo acerca de Dios, si existe o no.


¡Duda!, acércate hasta el borde del abismo que te habita y mira desde él sin miedo, sin culpa, sin prejuicio, confirma por ti mismo si ese vacío Le contiene, comprueba si parado en su orilla, en silencio, con una escucha atenta, logras o no oír el suave murmullo que te llama con urgencia y vuelve de allí con tu respuesta.

Erra Iván, pues es en la duda donde nace, para el hombre, la posibilidad; sin ella todo es negación o certeza, el mundo de los demonios y el de los ángeles, no el de los hombres. El alma del hombre debe debatirse pues la duda es el ejercicio que estimula el músculo de la fe, luchará como Jacob toda la noche y al amanecer, derrotada, seguirá sin respuestas. Exhausta, se dará finalmente por vencida, arribando al momento de la gran coyuntura. Pues nadie puede realmente probar la existencia de Dios ─de la manera como a los humanos nos gusta que nos prueben las cosas, con hipótesis, experimentos, gráficos y fórmulas─ pero tampoco puede nadie probar su inexistencia, se convierte todo en un asunto de fe, una coyuntura que mueve al hombre a decantarse. Pero ha sido la duda, la santa duda, la que le ha revelado al hombre la balanza, sus brillantes e inestables platillos, su eje central e inamovible cuya eterna espera parece interrogarnos. El hombre, ahora consciente de que ni la ciencia, ni la filosofía, ni la razón, ni la teología podrán darle respuestas, decide abandonarlas; desnudo ya de tanta distracción, cansado de tanta marcha, se acercará hasta uno de los platillos y posará sobre él todo el peso de su alma.


Pero hay otro hombre, el más triste de todos, el que vive de espaldas a la balanza sin permitir que la duda lo convenza de voltearse, el que venda sus ojos, el que mira hacia otra parte. Por eso te invito a la duda, amigo lector, a no conformarte con una certeza de segunda mano ─la de tus padres, la de tus abuelos─, dile no a la fe dominguera y al ateísmo de rebaño y hazte responsable por eso que crees o crees creer. ¡Duda!, acércate hasta el borde del abismo que te habita y mira desde él sin miedo, sin culpa, sin prejuicio, confirma por ti mismo si ese vacío Le contiene, comprueba si parado en su orilla, en silencio, con una escucha atenta, logras o no oír el suave murmullo que te llama con urgencia y vuelve de allí con tu respuesta.


Moisés y la duda – Génesis capítulo 3 y 4:1-17

Gedeón y la duda – Jueces 6:1-23

 
 
 

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