SIN MÉTODO
- buscandoadiosps
- 18 nov 2022
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 abr 2024

El hombre, esa bestia paradójica, esa caña pensante,
ese animal absurdo que necesita lógica, termina siempre por convencerse
que cuando ya tiene respuestas a la vida, le cambian las preguntas.
Pablo Mora
Hace algunos años me hice consciente de que mi aproximación a Dios se centraba demasiado en un proceso del intelecto: bien de lectura ─cuando mi mente le busca en la palabra escrita─, o de oración ─cuando de nuevo es ella quien toma la batuta y forma las frases que intentan entablar el diálogo─, o a través de la meditación ─proceso también del alma que en mí consistía en rumiar lo leído, lo escuchado, extrayendo de ello la sabia creadora─.
Obviamente no son estos procesos exclusivamente mentales y han sido además aproximaciones válidas y fructíferas en mi intento de caminar hacia Él, en mi afán de encontrarle y conocerle, pero era la mente quien marcaba el ritmo y por ello crecía en mí, cada vez más, un abismo que empezó como pequeña grieta y logró ensancharse hasta hacerme anhelar otra manera de buscarlo. Pronto pude deducir, de ese extraño vacío, que recurriendo a mi alma no podría llenarlo, que la experiencia mental no tenía cabida en este nuevo espacio.
el recuerdo del instante iluminado resarcía el dolor de la caída, el deseo de mi espíritu errante, que ahora había probado la dulzura del elixir, crecía, se encendía, se exaltaba.
Como es Su costumbre, Dios cambiaba de nuevo los esquemas, empujándome fuera del cómodo hogar donde había instalado mi poltrona, mi manta, mi tibia lumbre; diciéndome, como a Israel, han permanecido ya demasiado tiempo en este monte. Pónganse en marcha (Deuteronomio 1:6-7). Supe entonces que había que tomar el abrigo ─colgado hace algún tiempo junto a la puerta─ y salir de nuevo a la intemperie.
Con torpes tanteos comencé esforzándome por encontrar un método para acallar la mente y así adentrarme en el abismo desde el cual era llamada; ella, por su parte, luchaba con fiereza, como si a conciencia batallara contra mi intención de apagarla, de suspenderla temporalmente. Me bombardeaba con pensamientos, bien mundanos, bien sublimes, pero que a fin de cuenta se interponían como tupido velo entre mi ansia y el ansiado.
La mente era ancla para mi espíritu, impidiéndole volar hasta su Amado, pero cuando había suerte y el alma se despistaba, mi espíritu llegaba a sentir un viento misterioso que lo aupaba levemente con un suave empuje vertical. Sus pies ya no tocaban el suelo, su anhelo se incrementaba al saberse una milésima más cerca. Suspendido, mi espíritu levantaba el rostro buscando la Luz, la suave tibieza le mostraba por un instante el camino. Pero caía de nuevo, el ancla cargaba con fiereza al percatarse del engaño, arrojándolo al suelo con estrépito. Sin embargo, el recuerdo del instante iluminado resarcía el dolor de la caída, el deseo de mi espíritu errante, que ahora había probado la dulzura del elixir, crecía, se encendía, se exaltaba.
El tiempo me ha permitido comprobar que no existe un método para acceder a la Divinidad ─¿o puede alguien ofrecer una receta infalible?─, pues no es el sujeto quien accede a ella, quien la encuentra, es ella quien nos sale al paso, nos asalta. Yo, de manera egocentrista, ponía mi triste fe en mí misma: dando marcha atrás observaba mis pasos y señalándolos afirmaba convencida que debía ser ese el camino, que es así como se accede al Amado, sin percatarme de que mi proceder no fue nunca requisito para el encuentro. Pero hay acciones humanas que lo favorecen: la disposición de encontrarlo es ciertamente una de ellas, aunque no debe nunca considerarse un método, el sujeto jamás poseerá la llave que abre la puerta, él sólo puede anhelar.
En la oscuridad, en el silencio, me permito ser al margen de las exigencias de mis torturadores arrebatos mentales, como un árbol que plantado es quien el Creador le dio para que fuera
Mi oración ahora ha cambiado: Si nada de lo que haga podrá asegurarme el contacto, entonces me dedicaré a anhelarte y con ello me consolaré; como los amantes clandestinos que anhelan el encuentro, quizás en la nocturnidad de algún bosque, lejos de ojos curiosos que los delaten, en la soledad y en el silencio, allí te esperaré, anhelando esos instantes en que, sin testigos, me arrebatas.
Ahora soy escucha silenciosa, he aprendido a recibir sin miramientos (sin peros, sin juicio, sin queja) el ser que se me da a cada instante y con él la Paz que también se me entrega. En la oscuridad, en el silencio, me permito ser al margen de las exigencias de mis torturadores arrebatos mentales, como un árbol que plantado es quien el Creador le dio para que fuera, esa esencia que somos y que a la vez nos confronta afirmar: ser creación divina.
La experiencia mística es también esa simplicidad infantil de la que habla Jesús, que se deshace de toda presunción y sólo acepta, cree, es, no intenta explicarse nada más allá del instante en el que se respira y tampoco se acompleja ni se aminora, Salvador Pániker la definía como el mero acto de estar aquí, ahora, completo en sí mismo, deshecho de ese perpetuo tic que tenemos de buscar la realidad en otra parte.



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