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WINGS OF DESIRE

  • buscandoadiosps
  • 16 jul 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 8 jul 2022


Der Himmel über Berlin. Wim Wenders. 1987

Esta vez no es la literatura sino el cine lo que me mueve a escribirte, amigo lector. Der Himmel über Berlin (El cielo sobre Berlín) es una película enigmática de Wim Wenders que viene a recordarnos que somos todos ángeles caídos.


En ella, Wenders recrea con maestría dos mundos: el de los hombres y el de los ángeles. El mundo humano está lleno de la miseria a la que nuestros ojos nos tienen acostumbrados, los hombres deambulan llevando a cuestas torturadores pensamientos que acorralan sus almas. Es este también un mundo lleno de color, al contrario que el de los ángeles, que se mueven en una existencia en blanco y negro, cumpliendo con constancia su función: ser escucha y mensajero, atender al lamento del hombre y ser para él consuelo invisible. Los ángeles no viven para sí mismos, viven para el otro, su existencia es escucha y empatía.


A esa existencia estamos condenados en este mundo, aquella que se mira sin cesar en el espejo. Pero hay instantes, breves, brevísimos, que dejan en nuestra lengua el sabor de lo eterno, de aquel maná dulcísimo con que una vez fuimos alimentados.

Hace algunos años escribía: Desear es una necesidad intrínseca del hombre, sin la cual ni un solo día de nuestra vida habremos de transitar: deseo, luego existo (Buscando a Dios) y hoy siento la película de Wenders como un eco que devuelve mi pensamiento. Nos narra la historia de un ángel que es arrebatado por el deseo, el objeto de su mirada deja de ser el otro y pasa a ser él mismo:


Es maravilloso vivir como espíritu, testificando por toda la eternidad sólo lo que es espiritual en la mente humana. Pero algunas veces me cansa esta existencia espiritual, esta que permanece siempre suspendida. Quisiera sentir mi peso, terminar con la eterna libertad y atarme a la tierra. Quisiera, con cada paso, cada ráfaga de viento, poder decir «ahora», «ahora» y «ahora», nunca más «para siempre», «eternamente». Ocupar el puesto vacío en un juego de cartas, ser saludado por los otros jugadores, aunque sea sólo con un gesto (…) tener fiebre o manchar tus dedos con el periódico. Emocionarte no sólo por el alma sino por una comida, la curvatura de un cuello, una oreja. ¡Mentir!, sentir tus huesos mientras caminas, aunque sea sólo una vez, adivinar y no saber. Poder decir «Ah», «¡Oh!» y «¡Ay!» en vez de siempre «Si» y «Amén».


Yo lo escucho desde la butaca del cine y exclamo, ¡no sabes lo que estás pidiendo! ¿Y no fue eso también lo que les dijo Dios a Adán y a Eva cuando insistieron en saber, en endiosarse? Como ellos nuestro héroe es complacido, su espíritu muere y su existencia muta del monocromo eterno al color de la temporalidad. Ya no vive para servir al otro, camina por Berlín mirándose el ombligo como uno más de nosotros. Clamando ¡quiero!, ¡quiero!, ¡quiero!


Posemos nuestra mirada sobre la herida del que sufre, sin censura, sin negación, permitamos que ese sufrimiento mueva de nuevo nuestro corazón y rescate la empatía que dejamos olvidada junto a nuestras alas.

A esa existencia estamos condenados en este mundo, aquella que se mira sin cesar en el espejo. Pero hay instantes, breves, brevísimos, que dejan en nuestra lengua el sabor de lo eterno, de aquel maná dulcísimo con que una vez fuimos alimentados. En esos instantes nuestro deseo gira su mirada, el hombre experimenta lo bello ‒lo real y verdaderamente bello‒ cuando se encuentra con el reflejo de Dios. Su alma, que ha conocido a Dios porque de Él proviene, se llena de nostalgia, ahora que está tan lejos de Él, momentaneamente recobra sus alas y el anhelo lo desprende por un instante del efímero suelo al que están condenados sus pies.


¡Pero que no se nos quede todo en el éxtasis místico!, volvamos también nuestra mirada al otro, al hermano cuyo dolor dejamos de aliviar para mimar nuestro deseo. Posemos nuestra mirada sobre la herida del que sufre, sin censura, sin negación, permitamos que ese sufrimiento mueva de nuevo nuestro corazón y rescate la empatía que dejamos olvidada junto a nuestras alas. En esta existencia colorida y temporal es el amor al otro lo que nos salva.



 
 
 

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